Comencé el camino de Santiago por segunda vez en mi vida en unas circunstancias muy diferentes a las de la primera vez.

A nivel personal, muy cambiada, a nivel laboral, nada que ver, con personas nuevas en mi vida y con otras que se habían marchado, quien sabe si para siempre. A nivel general con un virus que estaba en el ambiente, pero que no tachaba ni un ápice la ilusión de los peregrinos, las ganas de llegar, la fuerza por batirse a sí mismos, la energía de levantarse para ver amanecer, la empatía por los otros, la vulnerabilidad que surge pero que, al mismo tiempo, te empuja a seguir aun con lesiones, con dolores, con frio o con calor.

Sin duda lo mejor del camino, es que no hay distinción entre seres humanos, allí somos todos iguales. Da igual donde vivas, en que trabajes, cual sea tu coche o los ceros de tu cuenta corriente. Creo que saca lo mejor de cada persona, aunque solo sea durante los días que caminas.

Como instructora de Mindfulness, intento encarnar las enseñanzas de esta técnica de meditación, pero, hay veces que me dejo llevar por los juicios ante terceros o, peor, ante mí. Lo bueno es que ahora me doy cuenta antes. Pues bien, el camino me ha puesto una prueba enorme. Una vez más, me doy cuenta de que hay que dar espacio y dejar tiempo para que el Universo actúe. Todo fluye y pasará lo que tenga que pasar.

Se han alineados los 7 principios del Mindfulness delante de mí, día a día. Los voy a ir mencionando con un *.

Por suerte o por desgracia, porque ya no lo sé, una antigua lesión que estaba dormida despertó durante el camino. Mi rodilla empezó a dar señales de que estaba forzando y que algo no iba bien. Aun así, yo seguí hasta que ya el miedo me habló. Si seguía quizá no llegaría a mi destino. Y la verdad, a mí me daba igual porque ya había llegado a mi destino.

Cuando hice el primer camino, me prometí dos cosas. Una, que la próxima vez lo haría sola, porque es una experiencia que para mí, así había que vivirla. Dos, que saldría al menos una etapa antes de donde había comenzado la primera vez porque quería hacer una subida bastante prominente y empedrada, que era un reto para mí. Por tanto mi meta, no era Santiago, era llegar a ese punto de donde salí la primera vez.  Me emocioné más en aquel pueblo que en la entrada en Santiago, porque, esa era mi promesa. Iba sola y había subido.

Cuando dos días después mi rodilla me frenó, tenía dos opciones. Parar un día, saltarme esa etapa y ver qué pasaba, o irme directa a Santiago para regresar a mi casa. Decidí la primera, y, mientras iba en el autobús, recuerdo ver a gente que había conocido días antes, caminando. Ellos no podían verme pero yo les daba fuerza mental, desde mi asiento, para llegar y vernos en el siguiente destino.

Tres de mis compañeras de habitación del primer albergue,  me acompañaron todo el camino. Gracias a mi fisioterapeuta de cabecera por obligarme a ser manipulada y punzada, a pesar del dolor, para poder continuar.

Tuve que aceptar* las circunstancias de mi lesión, contra todo lo que supone para mí los valores del peregrino, soltar la mochila y caminar con bastones. Flexibilidad* y no juicios*. Cada uno hace su propio camino, me dijo uno de mis queridos cordobeses con los que también caminé una etapa adaptándose a mi ritmo.

La última etapa fue la más complicada, único día que me llovió en los 12 días que estuve pero, a la vez, muy bonita. Comenzando con conexión telefónica con mi compañera castellonense de albergue de las últimas dos etapas, para guiarme en los principios. Caminando en noche cerrada, con el miedo a mi lado como si de una película se tratara. Una vez más, el camino me sorprendió y envió un acompañante murciano con el que terminé el camino y que se quedó conmigo incluso siendo consciente que demoraba sus pasos. A veces solo hay que confiar* y la vida nos sorprende muy gratamente.

Todos esos días que había caminado sola y tan despacio, me crucé con muchos lugareños que me decían que me estaba tomando el camino con mucha tranquilidad y calma. Yo les respondía que, efectivamente, así era, y que lo importante era llegar. Y yo, siempre llegaba, como me decía el chico albacetense de las trenzas. Teniendo paciencia* conmigo. A mi ritmo, disfrutando de hacer una foto a una casa, a una flor, a un detalle, al cielo… mirando todo con los ojos de un niño, con mente de principiante*. Sorprendiéndome muchas veces, sonriendo a la vida y agradeciendo la oportunidad de estar viviendo esa experiencia. Han sido muchas horas de silencio.

Mi idea de continuar a Finisterre se truncó. Creo que no fue casualidad que se me rompieran las botas casi al final. Fue la forma de obligarme a escuchar a mi cuerpo y no forzar*. Realmente no podía seguir.

Especialmente cuidada me sentí por el grupo super variado de españoles que habían partido solos, y que crearon un grupo muy bonito de Pamplona, Santander, A coruña, Madrid, Murcia y Barcelona, me integraron con ellos como una más, cuando por circunstancias no coincidía con mis habituales compañeras de habitación. Tremendamente agradecida por vuestro trato tan cariñoso conmigo.

He sentido que el trabajo personal del último año ha tenido sus frutos. He depurado muchos prejuicios y me he encontrado con el perdón hacia otra persona y hacia mí misma con esa persona. Pude soltar* y dejar atrás, de verdad, para poder continuar.  Apareció sin buscarlo, como casi todas las cosas buenas de la vida.

Recuerdo las conversaciones profundas sobre responsabilidad afectiva, con mi paisana madrileña de Getafe, el apoyo y el bálsamo de tigre de mis otras paisanas de Carabanchel, y, las palabras de cariño y despedida con otra compañera vallisoletana de habitación.

He sentido lo que es la amistad en un grupo de 5 italianos que siempre iban juntos, Era increíble la energía positiva que desprendían. Un placer haber sido partícipe de esa amistad tan bonita. Creo que la foto con ellos fue la más especial de todo el camino por lo que despertaron en mí.

Le doy las gracias a todas las personas con la que he caminado, por las risas, las lágrimas  y  el aprendizaje compartido.

El peregrinaje de la vida, escuché el último día en Santiago. Y eso es el camino, una metáfora de la vida. Una depuración para el alma.

Vive con consciencia. Vive con Bienestar.

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